HISPANIA, EL GRANERO DE ROMA

José Remesal Rodríguez

Historiador Profesor de Historia Antigua.

Universidad Complutense de Madrid

Hispania, granero de Roma

 

            Cuando un grupo humano consigue destinar a un número considerable de sus miembros a una actividad distinta de la obtención  del propio alimento, surge la necesidad de crear estructura capaz de asegurar la manutención de estos individuos. Cuanto más complejo es el grupo más compleja es, necesariamente, la organización del abastecimiento.

    El problema se agudiza en nuestros días cuando el mayor desarrollo de un país se mide en función del número de individuos dedicados a la obtención de productos alimentario. En el mundo antiguo, el problema se asoció a la creación de imperios que absorbían gran parte de sus energías en mantener una corte, una burocracia y un ejército.

    Las ciudades-Estado de la cuenca del Mediterráneo, por carecer de una burocracia y un ejército estables, carecieron también de un órgano regulador que distribuyera los recursos alimentarios. Pero allí donde la carencia de alimentos era un hecho frecuente, pronto se convirtió el tema en un asunto público y político.

     Según Aristóteles, el primer tema del orden del día en las reuniones de las pritanías atenienses era siempre la cuestión del trigo. En Atenas, durante la terrible hambre del  329-325 a.C., se recurrió a crear una suscripción extraordinaria destinada a la compra de trigo. En Samos, con posterioridad al 246 a.C., los ricos, mediante una suscripción, tenían que colaborar en el mantenimiento de los pobres.

 

 

    En Roma, la primera intervención del Estado en la organización del abastecimiento está atestiguada en el año 299 a.C., ocasión en la que el Estado compra trigo para venderlo a un precio moderado. Pero la verdadera revolución del sistema de aprovisionamiento se produce bajo el impulso de Gayo Sempronio Graco, quién, en el 132 a.C., promulga su ley frumentaria, por la que el Estado se compromete a mantener un precio constante y moderado para el trigo.

     Graco contaba para conseguir esto con los recursos llegados a Roma desde los territorios conquistados, desde las provincias, entre ellas Hispania. Esta ley, que pretendía asegurar un precio estable del el trigo para todos los habitantes de Roma, se vio radicalmente transformada cuando el tribuno Clodio consiguió, en el año 58 a.C., que se votase una ley por lo que los ciudadanos romanos recibieran, mensualmente, una determinada cantidad de trigo gratis.

 

      Pero la gratitud comportaba, necesariamente una limitación, pues el trigo gratuito no se ofrecía a todos los habitantes de la superpoblada Roma, sino solos a aquellos inscritos como ciudadanos de pleno derecho. A partir de este momento cualquier político ambicioso podía convertir el estomago de sus ciudadanos en su mejor arma.

      Pronto aprovechó la oportunidad Pompeyo, quien, un año después, en el 57 a.C., consiguió, a propuesta del tribuno Gayo Mesio y con la ayuda de Cicerón, que se le nombrase responsable del abastecimiento de Roma durante cinco años (las magistraturas en Roma un solo año, por lo que queda patente en carácter extraordinario de esta misión, tan extraordinaria como el poder que permitía acumular).

       Cuando César, su enemigo, consigue entrar en Roma en el año 46 a.C., celebra su triunfo regalando a cada ciudadano diez libras de aceite (unos tres kilos), obtenidas gracias a la contribución impuesta a Numidia tras vencer  en la guerra de África. En el año 44 a.C., creó Cesar los primeros cargos administrativos relacionados con la distribución de trigo, los ardiles ceriales, y limitó a 150.000 el número de los que tenían derecho a recibir trigo gratis.

 

 

La prefectura de Augusto

 

      Durante la fase final de la república romana, la lucha por el poder había abocado a la creación de ejército personales, tendencia que consolidó Augusto – el heredero de César – al establecer, unilateralmente, las condiciones del servicio militar y al dividir el territorio conquistado por Roma en provincias inermes, reservándose el control de las segundas en manos del Senado.

      Augusto, para mantener la fidelidad de es ejército personal, se verá obligado a pagar regularmente las soldadas, a asegurar el avituallamiento del ejército y a la reinserción de los soldados en la vida civil una vez licenciados. Por ello, Roma como del ejército se convirtió, desde el punto de vista político, en uno de los grandes problemas de los emperadores, de modo que en los textos antiguos está claramente expuesta la idea de que buen emperador es el que se ocupa de asegurar el abastecimiento tanto de Roma como del ejército. Augusto, en su testamento, proclama orgulloso cómo en el año 22 a.C., se le había encomendado que salvase del hambre a la ciudad de Roma; él, dice, lo consiguió en poco tiempo usando sus propios recursos. El ejército demostró pronto que podía cambiar a su gusto a los emperadores.

      Una frase puesta en boca del emperador Alejandro Severo (222-235 d.C.) muestra el cuidado y la preocupación de los emperadores: No hay que temer al soldado bien vestido, bien alimentado y con algo de dinero en el monedero, porque sólo la miseria arrastra a hombres armados a tentativas desesperadas.

     Para conseguir esto, y tras varias tentativas, Augusto organizó, entre los años 8 y 14, un servicio administrativo conocido como la praefectura annonae (prefectura de abastecimientos). El hombre encargado de esa prefectura podía deponer a un emperador si le hacía perder el control sobre dos de sus  más sólidos pilares: los estómagos de Roma y el ejército. Para evitar esto, Augusto inventó un complejo sistema: la compra y acopio de productos estaban en manos de los procuratores caesaris (procuradores del emperador), funcionarios civiles (a veces esclavos o libertos) que dependían directamente del emperador, quienes enviaban los abastos a las legiones o a Roma; de este modo, en el supuesto de un levantamiento, el emperador podía controlar las fuentes de apoyo logístico de los sublevados; a esto le ayudaba el hecho de que la mayoría de los recursos se obtenían de las provincias inermes; es decir, las legiones se hallaban lejos de los grandes centros de suministros. Por otra parte, el prefecto de la annona sólo podía dirigir hacia Roma o hacia los cuarteles lo que ya los procuradores habían acaparado, privándole así de la fuerza política y económica que hubiese tenido se de él hubiese dependido, directamente, la compra de abastos. Además, en Roma, el reparto del trigo que los ciudadanos recibían gratuitamente no dependía directamente del prefecto de annona, sino de otros dos perfectos llamado praefecti frumenti dandi (prefectos encargados de distribuir el trigo), quienes recibían el trigo de manos del prefecto de la annona, por lo que tampoco ellos podían controlar individualmente y para el provecho político propio esta distribución.

      A su vez, el prefecto de la annona tenía que procurar no sólo que hubiese el trigo necesario para estas entregas gratuitas a un grupo privilegiado de la población, sino que el precio en el mercado libre del trigo y de otros productos básicos, como el aceite, se mantuviese a un nivel razonable. La prefectura de la annona era, por tanto, un servicio de regulación de precios; para ello disponía de los productos recibidos como pago de tributos, conservados en almacenes tanto en las provincias como en Roma.

 

      Con esta fragmentación del poder conseguía el emperador mantenerse como pieza clave del sistema. Su problema consistía en organizar la distribución  y aprovechamiento de los recursos del Imperio hacia Roma y hacia el ejército. Hasta qué punto era prioritaria esta política lo demuestra un hecho acaecido en el siglo IV d.C., Atimetio, gobernador del África proconsular (partes de las actuales Túnez y Libia). Permitió que los africanos  se aprovisionasen, en un año de escasez, con trigo de los graneros reservados para Roma, por lo que el pueblo, agradecido, le dedicó varias estatuas. Llegada la noticia a Roma, el emperador le desposeyó de su cargo, le desterró y le confiscó sus  bienes: ¡el estómago de Roma era más importante que el de África! El emperador, que tanto cuidado ponía en el abastecimiento de Roma y del ejército, dejaba a su libre albedrío al resto de ciudades. En caso de hambres eran los magistrados municipales o provinciales quienes debían resolver el caso.

       Un buen ejemplo es el protagonizado por L. Ansistio Rústico, originario de Córdoba, amigo del poeta Marcial, gobernador de Capadocia entre los años 87-89 de nuestra era. Por esta fecha se declaró una gran hambre en la ciudad Antioquía de Pisidia, que recurrió al gobernador, Ansistio Rústico, quien dictó este decreto: cada uno debía declarar la cantidad de trigo que tenía y donde, cuanto necesitaba para la próxima sementera y cuanto mantener a su familia, el resto debían ponerlo a disposición de la ciudad; a quien no lo hiciere así antes de una fecha de terminada le sería confiscado todo el trigo que hubiese acaparado. Y, para que el hambre de unos no enriqueciera a otros,  prohibía que el trigo se vendiera a más del doble de lo que costaba en años de abundancia. Estas medidas le valieron el agradecimiento de los ciudadanos, que le erigieron una estatua, en cuyo pedestal para recuerdo hicieron grabar su decreto.

      Valgan estos ejemplos para demostrar hasta qué punto el interés del emperador se centraba en el abastecimiento deRoma y del ejército. Para ello se vio obligado a intervenir en los procesos de producción y comercio de productos alimentarios y a vincular, logística, zonas de producción y zonas de consumo. Egipto, por ejemplo, fue destinado a la producción de trigo con destino exclusivo a Roma. Aquí vamos a exponer el papel de Hispania dentro del concierto económico del imperio romano.

 

 

 

El granero hispánico

 

    La Península Ibérica constituía, al inicio de nuestra era, un amplísimo territorio ya pacificado y, en grandes áreas, muy romanizado. Las gentes de toda la costa mediterránea y de la Bética, las zonas más ricas agrícolamente, llevaban dos siglos en contacto con Roma.

    Trasladada la frontera del Imperio romano hasta el Rin, las tropas allí asentadas necesitaron, de una zona de apoyo logístico desde la que pudiesen hacer llegar armas, hombres y alimentos. Hispania era la única provincia de la parte occidental del Imperio que podía cubrir estas necesidades.

     Estrabón, un geógrafo de la época de Augusto, cantó, como tantos otros antes y después, la riqueza agrícola de Hispania, la abundancia de la pesca en sus costas y de metales en sus entrañas. Pero de nada hubiese valido tanta riqueza si sus excedentes no hubiesen podido ser exportados, porque es sólo la posibilidad de vender lo que incita a producir excedentes.

     Dada la limitación de los transportes terrestres en la antigüedad, el único sistema rentable para exportar esos excedentes era por vía marítima. Es el mismo Estrabón quien, al señalar el gran volumen que en su época había alcanzado las exportaciones de trigo, aceite y vino desde Hispania hasta Italia, indica, a la vez, que de Hispania llegaban la mayor parte  y los mayores de los barcos que atracaban en puertos italiano.

     Desde hacía mucho tiempo los marineros gaditanos habían perdido el miedo al tenebroso océano: costeando hasta Galicia, desde donde ponían proa a Irlanda, que les servía de puente, llegaban a las bocas del Rin y, a través de él, se distribuyó a lo largo de toda la frontera un volumen de mercancía impensable en el mundo antiguo si se hubiese tenido que hacer por vía terrestre.

     Así, pues, la amplitud de las costas hispánicas, su proximidad por vía marítima tanto a la frontera occidental como a Roma (el trayecto Cádiz-Roma se hacía en una semana) y la navegabilidad de algunos de sus ríos principales, unido a la posibilidad de crear excedentes, fueron los factores determinantes del papel geopolítico desempeñado por Hispania durante el Imperio romano.

      Sobre el comercio del trigo no podemos precisar nada más alla de lo que señalan los escritores antiguos, pues el trigo se introducía en sacos de los que no han quedado testimonios arqueológicos. Sin embargo, sobre el comercio del aceite, vino y conservas de pescado poseemos gran cantidad de datos, pues estos se envasaban en ánforas de barro, cuya abundancia y dispersión por todo el mundo romano muestran la vitalidad de dicho comercio.

       El ánfora era en el mundo antiguo como nuestros modernos envases sin retorno. Ya en su destino eran tiradas o reutilizadas para otros fines, pero no devueltas a su lugar de origen. Esto permitió la aparición de una floreciente industria alfarera. Para nosotros, dos mil años después, estos restos de ánforas son el documento, casi exclusivo, de la historia de la producción y comercio de productos alimentarios en la antigüedad.

       El vino era producido a lo largo de toda la costa desde los Pirineos hasta la desembocadura del Guadalquivir. Destacaban los vinos de la región próxima a Barcelona y los de la región de la actual Jerez. Conservas y salazones de pescados se produjeron en toda la costa mediterránea y en la atlántica desde Tarifa hasta la zona de Lisboa. Desde el siglo v a. C., era famoso el llamado garum gaditanum (garum de Cádiz) y en el siglo I d.C., una de las marcas más preciadas era el llamado garum sociorum (garum de los socios), producido en la región de Cartagena, cuyo precio, según Plinio era superior al de muchos perfumes. (El garum era una pasta conseguida mediante la maceración de pescado en salmuera, para nuestro gusto actual algo fuerte, pero de gran valor alimentario.)

       Sin embargo, la documentación más abundante, en el estado actual de la investigación, es la correspondiente a la producción y comercio del aceite bético, por lo que nos vamos a detener en estudiar este producto y, a través de él, recomponer las estructuras económicas del Imperio romano y la influencia de la Bética y de Hispania en ellas.

        Tanto Plinio como Columela se detienen en describir la calidad del aceite bético y las condiciones de la tierra donde se produce. Según Plinio, las mejores tierras para el olivar son las cascajosa y soleadas lomas de la margen izquierda del Guadalquivir.

         Desconocemos la cantidad de tierra dedicada al cultivo del olivar, pero debió ser la mayor parte de la disponible en Córdoba y Sevilla en una franja, mas o menos ancha, pero próxima al rio; ello en  función de la economía de transporte.

        El Guadalquivir era la vía de salida del producto. Hasta donde él y su afluente el Genil eran navegables podía pensarse en crear una producción destinada al mercado exterior; esto no significa negar la existencia de olivares en otras zonas de la Bética o en Hispania, sino sólo señalar que la posibilidad de exportar está en relación con el transporte marítimo-fluvial. Desconocemos los medios de producción en esta zona durante el Imperio romano, pero disponemos de suficientes datos como para afirmar que, sin duda, existieron latifundios pertenecientes a miembros de rango senatorial y ecuestre. Al morir Quinto Valerio Vegeto legó sus bienes al emperador Marco Aurelio. Estos eran tantos que el emperador se vio obligado a crear n cargo administrativo nuevo que se ocupase de gestionarlos.

 

 

        La densidad de población en esta zona era notable, como abundante era el número de ciudades asentadas a orillas del Guadalquivir; en cada una de ellas existía, necesariamente, un grupo de hombres libres que constituían el senado municipal (teóricamente comprendido por cien miembros que necesariamente tenían que disponer de algunos bienes).  Además, en esta zona no hubo enfrentamiento militar contra los romanos con posterioridad al 206 a.C., lo que incita a pensar que estas poblaciones tuvieron, en principio, buenas relaciones con Roma, lo que les permitió mantener sus estructuras internas y la liberta de sus ciudadanos.

        Por otra parte, aunque la región aquí descrita está limitada por las colonias romanas de Hispalis  (Sevilla), Córdoba) y Astegi (Ecija), en el interior de este triángulo, donde están las mejores tierras, no existe ningún asentamiento creado por los romanos.  Todo ello incita a pensar que el número de habitantes libres y con propiedades debía ser elevado.

        El cultivo del olivar y las técnicas de extracción del aceite empleados en época romana han pervivido hasta nuestros días; el lector puede encontrar una descripción amplia y clara en los libros de Catón y Columela. Entonces, como hoy, el principal problema estaba en la recogida de la aceituna, fecha en la que era necesaria una abundante mano de obra innecesaria el resto del año.

        Si consideramos que la tierra estaba bastante repartida, la cosecha tuvo que resolverse con el concurso de toda la familia, tal vez con la ayuda de vecinos, o de algún esclavo, o de algún asalariado. En un gran latifundio cultivado por esclavos, incluso aunque se cultivasen a la vez cereales, vid y olivos, la masa de esclavos necesarios para las faenas de recolección permanecía ociosa durante medio año.

         En el párrafo anterior inferíamos la existencia de numerosos habitantes libres en esta zona, muchos de ellos con propiedades, pero ¿existían hombres libres sin propiedades o con propiedades tan pequeñas que les obligaba a ganar su sustento alquilando sus brazos? No lo sabemos a ciencia cierta, pero el fenómeno era frecuente en el mundo romano. En este caso los grandes propietarios dispondrían de una mano de obra pagada contra salario por día de trabajo, sistema  más barato que el de mantenimiento de esclavos, a quienes hay que alimentar y cuidar durante todo el año, trabajen o no.

     

 

Ánforas

 

    ¿Qué nos permite asegurar la documentación actual? ¡Qué todos estos casos se dieron! En qué medida, que qué forma y en qué lugares es algo que nos demuestran los restos de las ánforas halladas en esta zona.

       El aceite bético se envasó en un tipo de ánfora que ya desde la época de Augusto adquirió unas características peculiares, y que es conocido en el lenguaje científico como tipo Dressel 20. Estas ánforas son globulares, como una garrafa; con cuello y asas cortas; vacías pesan unos 30 kilos; su contenido se aproxima a los 70 kilos de aceite; llenas, por tanto, se acercan a los 100 kilos.

       Fueron producidas en casi un centenar de alfarerías, algunas de las cuales sobrepasan las 25 hectáreas, lo que da clara muestra del tamaño de esta industria y del volumen de lo exportado. Las alfarerías están ubicadas en las orillas del Guadalquivir y del Genil, de modo que lugar de producción de ánforas y lugar de embarque coinciden en un mismo punto. A mayor densidad de alfarerías en una comarca hay que inferir una mayor extensión de olivares.

       Las ánforas eran selladas antes de ser cocidas; en estos sellos iba escrito, de forma más o menos abreviada, el nombre del propietario del aceite envasado. Gracias a esos sellos podemos comprobar que hubo alfarerías que solo trabajaron para una familia o para un grupo reducido de familias; en este caso hay que pensar que los olivares próximos a esas alfarerías pertenecían a una sola familia o a muy pocas. Aunque también podemos aceptar que fueran estas familias las que monopolizasen la exportación del aceite, fueran o no productoras de toda la materia prima que exportaban.

        Conocemos alfarerías en las que existen muchos sellos diversos; es decir se produjeron ánforas para muchos envasadores distintos, lo que parece confirmar la correlación: muchos sellos diversos/, muchos propietarios diversos. Pero nuestras ánforas nos ofrecen mucha más información: el aceite era un producto vital en el mundo romano, necesario para la cocina, la farmacopea, el alumbrado, el baño y el culto. Por ello, cayó muy pronto bajo el control de la prefectura de abastecimiento, que lo hizo llegar a Roma en grandes cantidades y lo almacenó en los grandes depósitos de la zona portuaria de Roma. Cuando se vaciaba un ánfora de vino, ésta podía ser  lavada y reutilizada; esto no era posible con una grasienta ánfora de aceite, por lo que se optó por tirar estas en un vertedero que, corriendo el tiempo, se convertiría en una nueva colina de Roma: el Testaccio.

 

           El Testaccio, o monte de los tiestos, es una colina artificial cuya base mide 200×150 metros y cuya altura alcanza 50 metros, formado por los restos de millones de ánforas arrojadas en él desde la época de Augusto hasta mediados del siglo III d. C., donde casi el 90 por 100 corresponde a restos de ánforas olearias béticas (las Dressel 20).

          La tradición popular romana ven en este monte una prueba del poder de la Roma antigua; según esta tradición, el Testaccio era el vertedero en el que los romanos arrojaban los restos de las ánforas que contenían los tributos pagados por las provincias. Su volumen era, por tanto, una manifestación del poder de la Roma antigua. La tradición se equivoca: el Testaccio está formado, casi en su totalidad, con lo tributado por una sola provincia, la Bética.

          A finales del siglo XIX un alemán, Heinrich Dressel, realizó excavaciones en el Testaccio y descubrió que las ánforas no solo llevaban un sello impreso antes de la cocción, al cual ya nos hemos referido, sino que sobre el ánfora misma se escribieron con tinta toda una serie de notas valiosísimas para el conocimiento de la economía romana.

 

           Dressel descifró el significado de estas inscripciones, que agrupó bajo letras griegas α, β, γ y δ, en función de la posición que cada una de estas inscripciones tenía sobre el ánfora. En α, en el cuello del ánfora, está escrita la tara (como ya dijimos, en torno a los 30 kilos). En β, debajo de α, está el nombre del mercader o del transportista que transportó el ánfora.

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